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domingo, 12 de julio de 2015

LO PROMETIDO ES DEUDA...El desenlace.

 Lo prometido es deuda...y aquí tenéis el desenlace del relato Línea 1.


"El calor asedia Valencia a mediodía. El alto sol irradia la ciudad y hace anhelar a todos los transeúntes la arena blanca y las olas que van y vienen mojadas y fresquitas. Tan cerca del mar y tan lejos de su alivio. El bochorno del viento de poniente se estrella contra la cara de Sandra cuando sale del portal de su ático y sale de casa dejando atrás sus dudas y su aire acondicionado. Va con tiempo pero comprueba la hora varias veces en su rolex durante el camino, para asegurarse de que no perderá el metro. La cita en la clínica es a las dos en punto, así que le queda una hora escasa para acabar de creerse que de verdad va a ser madre…y que está feliz de serlo.
Con los nervios atenazando su estómago, Liliana aguarda tras preguntar a su jefe y esos segundos, hasta que llega la respuesta afirmativa, se hacen eternos. Si su jefe supiera algo más de lenguaje corporal habría descubierto al momento que Liliana estaba mintiendo en su excusa de ir al médico. Pero ni sus manos retorciéndose, ni su mirada inquieta que vaga por todas partes sin posarse en los ojos de su interlocutor, impiden que el Sr. Bernat la deje salir una hora antes del trabajo, y más cuando ese día se ha esforzado para limpiar más deprisa que nunca, ignorando su magullado cuerpo. Necesita ganar tiempo, además de coraje, para que su marido no sospeche si llega más tarde de lo normal a casa. Enfila la Gran Vía en dirección a Plaza España para coger el metro. Ha mirado bien la dirección y debe bajarse en San Isidro y luego un escaso tramo a pie hasta la comisaría y hasta su nueva vida. Hoy es una mujer valiente pero está aterrorizada. Sólo hay una cosa que la hace apretar el paso hasta la estación a pesar del dolor sordo en las costillas, en vez de dar media vuelta: imaginar la cara de sorpresa de su marido cuando la policía llame a su puerta…esta vez para llevárselo.
Sonia Fernández, la abogada, lee un libro tranquilamente en el metro para distraerse en el trayecto hasta la parada de plaza España, donde debe hacer transbordo y coger la línea uno. La chaqueta del traje gris marengo descansa sobre su regazo y la blusa ligera sin mangas con un lazo al cuello que lleva la hace parecer sofisticada. Sonia Fernández, la mujer de 29 años, joven, sobradamente preparada y parada, está muerta de miedo y lleva diecisiete minutos viendo bailar las letras y mareada entre las líneas de la misma página del libro sin leer nada de nada. Destino del viaje: la única entrevista seria de trabajo en muchos meses, y espera que la última en mucho tiempo.
Katrina camina envuelta en seda rosa pálido. El sencillo vestido, solo adornado por el vuelo en las mangas y un fino cinturón ciñendo su cintura, le sienta como un guante. Está preciosa, se siente preciosa. Sus tacones resuenan sobre los suelos adoquinados de las calles del centro, y aunque con prisa por la emoción, va con cuidado, medio de puntillas, para no romperse el tacón de sus delicados zapatos. Son los zapatos más bonitos, y también los más caros, que ha tenido Katrina jamás. Pero la ocasión bien valía el capricho, y ahora no le queda otra que lidiar con la incompatibilidad de los tacones de aguja con los adoquines. Cuando alcanza la boca del metro de Plaza España puede descansar sus pies y pisar suelo firme, para caminar con paso seguro hacia su boda.
Concha sale de la floristería con un ramo de peonias blancas para su Vicente. La florista, se ha sorprendido cuando no se ha llevado las margaritas amarillas de siempre. A Vicente siempre le había gustado el amarillo y las margaritas se las puede permitir con su pensión. Pero hoy se ha sentido atraída por esas peonias blancas como las abejas a la miel. Le recuerdan a su ramo de novia, fresco y fulgurante. Hoy cambia de flores porque es un día especial. Porque hace cincuenta y dos años que decidieron unir sus vidas. No quiere rememorar el día que se apagó su luz, el día que se quedó sin él, el día que llegó el silencio. Hoy quiere recordarse, con su ramo de peonias blancas caminando hacia el altar, hacia Vicente, para celebrar su amor. Acelera el paso hacia la boca de metro, ignorando el dolor en la cadera que la hace cojear, para llegar cuanto antes al cementerio.
Laura camina con la mochila a cuestas y le pesa más el alma que los tres libros que lleva a la espalda. Está preocupada por si no aprueba las que le han quedado para septiembre; sus padres no se lo perdonarán, le va a tocar repetir curso y no puede perder el sostén de sus amigas. Pero hoy durante un momento se permite estar más preocupada por otras razones más nimias, pero q para ella son todo un mundo: que le va a comprar a Sergio para su cumpleaños. La ha invitado y, aunque ha sido una invitación en grupo, es su oportunidad de acercarse a él y llamar su atención de otra forma. Son compañeros desde el colegio, y siempre ha estado ahí, pero ya no recuerda en que momento cambió su forma de verlo. Lleva media vida enamorada de él. Sergio siempre es simpático y amable con todo el mundo. Le da igual si son populares o no, siempre se dirige a todos. Es el chico guapo, deportista, alegre…lo tiene todo. Hoy también ha hablado con Carla y parecía q hoy ella tenía especial interés en hablar con él. La imagina charlando desenfadadamente con él y rozando su brazo como por casualidad, y desea ser ella una vez más. Un suspiro escapa de los labios de Laura mientras, atravesando sus ensoñaciones, atraviesa también la Gran Vía a paso ligero para alcanzar la boca de metro.
Una mezcla de sudor y perfumes varios inunda el andén, flotando entre la gente q espera la llegada del tren. Seis mujeres aguardan con impaciencia. Ya se oye el traqueteo acercándose a la estación. Seis mujeres ven pasar lentamente los vagones frente a ellas, hasta que se detienen. Cuando las puertas del vagón se abren, una futura madre, una mujer valiente, una prometedora abogada, una radiante novia, una anciana con flores y una chiquilla enamorada, suben al tren.
Sandra se sienta en una de las pocas butacas libres. Hace mucho calor y siente el asomo de un ligero mareo: los primeros síntomas de su embarazo le recuerdan que está pasando de verdad, y cuando, a pesar de que se siente mal, siente esa emoción de primeriza, esa constatación de que algo está pasando en su cuerpo… no puede evitar cerrar los ojos y sonreír mientras se abanica con la mano.
Liliana se sujeta con fuerza a la barra con los dedos crispados por los nervios y el estómago revuelto por lo que se va a atrever a hacer: denunciar al monstruo que duerme a su lado.
Sonia se apoya en el lateral del respaldo de una de las butacas mientras se remete la blusa en la cinturilla de la falda y sostiene su chaqueta, su maletín y su esperanza, con temor a perder el equilibrio con el traqueteo del tren. Gira ciento ochenta grados la muñeca para comprobar en la esfera de su reloj que le dará tiempo de refrescarse y retocarse para estar presentable para la entrevista.
Katrina se queda de pie junto a la puerta para evitar que su vestido de seda sufra daño alguno tan rodeado de gente. Y a pesar del calor y el ambiente cargado ella sigue flotando, igual que si fuera un coche de caballos el que la llevara hasta su boda.
Concha se acomoda en el asiento que un joven con rastas en el pelo y un pendiente en la nariz le ha cedido con gusto, como le han enseñado sus mayores que hay que hacer. Y Concha y su maltrecha cadera, le dan las gracias con cariño, con el mismo cariño que ha sentido de un desconocido que tan a años luz parece estar de ella. Pero más lejos está Vicente…y a él vuelven sus pensamientos mientras se acerca las dalias al rostro y disfruta de su aroma. Unas pocas paradas la separan de sentarse, y también sentirse por fin, con su marido.
Con lo que a Sergio le gusta la música, puede regalarle un cedé, o un libro…uff, la cabeza de Laura echa humo, y casi decide volver a bajarse en la siguiente parada. Se dará una vuelta por el centro, o se acercará al Fnac, a ver si encuentra algo que haga que Sergio la vea por primera vez de verdad, y deje de ser insignificante para él. Lo que Laura no sabe es que él hace tiempo que la mira y que la ve, y que en este caso, la barrera de la timidez es la única que ambos deben salvar.
Lo que ninguna de las seis sabe, es que su viaje y sus cavilaciones duraran tanto como lo que tarda el tren en alcanzar, quizá demasiado rápido, la próxima curva. Cuando se activa el frenado de emergencia, ciento cincuenta pasajeros asustados se aferran a lo que tienen a mano presintiendo lo inevitable. Los segundos de incertidumbre y de terror son tan largos como horas…, pero el tren no puede parar y descarrila, avanzando descontrolado contra la pared lateral a las vías y volcando sin remedio en cuanto la oposición del muro desaparece. El violento impacto contra el suelo hace que las ventanas cedan y cuerpos y dalias blancas salen despedidos juntos. Demasiado deprisa se esparcen por los vagones y las vías ilusiones, miedos, esperanzas, sueños, flores y libros. El ruido, los gritos y el miedo son ensordecedores, y el caos y la muerte vienen por sorpresa, sin esperarlos, pero vienen para quedarse. Entre hierros, vías, cristales y vidas, se entremezclan el sentir y el pensar de seis mujeres, formando un amasijo no solo de hierros.
Sandra se palma todo el cuerpo con incredulidad y alivio, sabiéndose a salvo a pesar de sus magulladuras y golpes. Cuando siente el calor y la humedad entre sus piernas y siente la vida escurrirse de su cuerpo, rompe a llorar con desconsuelo. Ya no podrá disfrutar del privilegio inesperado de ser madre. Ayer decidió dejar a su hijo vivir, pero hoy no podrá evitar dejarlo morir.
Liliana quería escapar de su infierno particular, y ahora se le abren de par en par las puertas de otro cielo.
Sonia quería ejercer de abogada y lo hará, pero hoy también ejercerá de bombera, de enfermera, de psicóloga, de paño de lágrimas…y ya nunca jamás podrá borrar lo visto y oído. A partir de hoy defenderá en los juzgados el dolor y el sufrimiento de sus compañeros de viaje y luchará por sus derechos.
Katrina ya no puede ver sus preciosos zapatos. Tiene las piernas atrapadas entre unos asientos donde el vagón se ha plegado como un acordeón. El dolor le hace sentir nauseas mientras espera desesperada que la saquen de allí. No caminará repiqueteando con sus tacones hacia su boda, y probablemente hacia ningún lugar nunca más.
Bajo el asiento de Laura todavía está su mochila, conforme ella la había dejado, pero de ella ni rastro. Ha salido despedida por la ventana de su izquierda y yace inconsciente sobre la vía con un traumatismo craneoencefálico muy grave. Tanto tiempo para confesar sus sentimientos a Sergio, y puede que cuando despierte, si despierta, dentro de unos años, él ya ni la recuerde.
Y Concha…Concha es la única de las seis que por fin es feliz. Iba al cementerio para estar cerca de su Vicente, y ahora corre por fin a encontrarse con él.
Un lunes de julio cualquiera, seis mujeres compartieron andén, cogieron la misma línea, subieron al mismo vagón…, y a la una y tres minutos, por culpa de una negligencia, del destino, de sus propias decisiones o de Dios, han visto truncado, en la última curva, el rumbo de sus vidas."
BUENAS NOCHES LITERAUT@S.

viernes, 10 de julio de 2015

SEGUNDAS PARTES...


...Esperando que sean buenas literaut@s.




"(...)Despunta el alba y la ciudad, poquito a poco, se va despertando. Los más madrugadores se desperezan con el sueño aún pegado como las legañas a sus ojos. Cuesta despertar para discurrir por la rutina de todos los días…pero no tanto cuando se madruga por otras razones más únicas y especiales. Y hoy Katrina se siente única y especial. Los párpados se niegan a estar más tiempo cerrados. No quieren perderse ni un rayo de sol del que será uno de los días más especiales de su vida. Entre la penumbra que aún reina en su dormitorio, vislumbra su vestido colgado de la puerta. No es el de sus sueños pero cumplirá su cometido. Se incorpora nerviosa y, levantándose de la cama, se acerca para sentir el tacto suave de la seda bajo las yemas de sus dedos. Cierra los ojos un minuto, imaginando que dentro de unas pocas horas lo deslizará a lo largo de su cuerpo, le ceñirá la cintura y bailará alrededor de sus largas piernas. Dentro de unas horas, cogerá el metro, en vez de un precioso coche nupcial, y se bajará en Paiporta sin fotos ni recibimiento a su llegada. Sólo Pablo estará allí esperándola. Sólo estarán ellos dos, y solo ellos dos caminarán de la mano hacia el ayuntamiento para encontrarse con sus amigos Fernando y Cristina que han accedido a ser sus testigos. Por un momento se entristece pensando en su familia que está tan lejos, pero borra de un plumazo la tristeza, porque hoy no cabe nada más en su corazón que la alegría que siente. Hoy sólo estarán ellos dos, su amor, los testigos y el juez de paz.

Al otro lado de la calle otra madrugadora da vueltas al descafeinado con leche que se toma todas las mañanas para acompañar a la colección de pastillas que le toca tomar para el dolor, la tensión, el azúcar… El dolor de cadera es más fácil de mantener a raya que el del corazón, y es ese dolor el que le oprime el pecho cuando, mientras desayuna, se ve rodeada de silencio. El silencio es una losa porque ya no lo comparte con nadie. Concha y Vicente no hablaban mucho en el desayuno, ni en la comida, ni en la cena…, pero saberse acompañada en su rutina la consolaba. Muchos años de vida en común, dos hijos ya mayores y con su vida hecha y derecha, muchos besos, abrazos, discusiones, rutinas y silencios…y ahora sólo le quedan sus recuerdos. Por eso desde aquel fatídico día de febrero, todas las semanas le lleva flores, se sienta a su lado y le cuenta todo lo que no le ha contado durante sus 52 años de matrimonio. Y se dedica, durante un rato a llenar el silencio que le pesa como una losa el resto del día, aunque hable con la panadera, le dé los buenos días a la cajera del supermercado o charle con la vecina del tercero, el silencio que se hizo cuando murió Vicente se extiende sobre ella sin remedio, igual que la capa de sudor húmedo y pegajoso que no te quitas de encima ni aunque quieras estos primeros días de julio. Hoy, además, es el primer aniversario de su boda que pasa sin él, y necesita más que nunca su presencia. Ya hace casi cinco meses que murió y su desazón no ha disminuido ni un ápice. Se siente igual de sola y desamparada sin él que el primer día y sigue derramando las mismas lágrimas todos los días. Así que, resignada, friega el tazón del desayuno mientras comprueba la hora en el viejo reloj de la cocina, calculando mentalmente para que le dé tiempo a hacer la compra antes de su visita semanal al cementerio.

A las nueve menos veinte, a pesar de que ya ha acabado el curso, los alrededores del Instituto Luis Vives son un hervidero de risas, gritos, saludos, hormonas alteradas y lamentos por tal o cual examen de recuperación. Solo unos pocos disfrutan ya de sus vacaciones. Este año ha habido lluvia de suspensos y se imparten clases de repaso durante la primera quincena de julio. Un grupo de chicas aguardan apoyadas en la valla a que el timbre suene para salir corriendo con resignación para llegar al aula de 4ºA antes de que el profe de biología traspase el umbral. Cotillean con descaro de unos y otros, despellejando con elegancia a los no afortunados de gozar de su aprobación. Una de ellas, medio niña medio mujer, un poco delgaducha, de pecho casi plano y cara pecosa, se limita a escucharlas y soltar una risita de vez en cuando sólo para sentir que pertenece al grupo. Puede sentirse afortunada de que la acepten. Si no estuviera allí, está segura de que sería un objetivo más del que reírse. Laura, con su cara de niña cubierta de pecas y su pelo lacio y suave de color castaño rojizo, con su dulzura y simpatía, no sabe lo especial que es. Y no lo sabe porque no se lo dicen mucho. Las que dicen ser amigas se limitan a aconsejarle cambiar de jersey, de zapatos, de peinado…a cambiar y ser lo que no es, y hacer lo que no quiere hacer. Cada vez va cediendo más terreno: un cigarrillo, un pintalabios rojo pasión, una mentira, una burla hacia su compañera de pupitre…Laura cede y cede, tiran de la soga desde el otro lado y no es bastante fuerte para retenerla. ¿Quién se fijaría en ella si no estuviera con Carla? Carla: guapa y exuberante, con sus dorados rizos revoloteando alrededor del perfecto ovalo de su cara. Es perfecta, se cree perfecta, la creen perfecta… Habla con seguridad, con su voz cantarina, pero su boca se tiñe de superficialidad y afán de protagonismo. Laura sabe que Carla despierta las miradas de admiración de muchos y a su lado, aunque se siente pequeña, también se siente respaldada. Laura sabe que Carla también despierta la mirada de Sergio, esos ojos que sólo querría que miraran los suyos. Cuando él se acerca a saludar para invitarlas a su cumpleaños el próximo sábado, Laura sabe en su fuero interno que es gracias a Carla y, con un ligero rubor de vergüenza, baja la vista mirando las fotos de moda que decoran su carpeta. Y al bajar la mirada se le pasa por alto que los ojos que busca Sergio son los suyos. Para quien no pasa desapercibido el detalle es para la que está a su lado acaparando la atención mientras habla y toquetea sus rizos dorados. Esa amiga que acaba de decidir, mira por dónde, que ahora le gusta Sergio.(...)"

PROXIMAMENTE...¡¡¡OS PROMETO EL DESENLACE!!! Buenas noches literaut@s.

lunes, 29 de junio de 2015

¿RELATO POR ENTREGAS?





A veces tengo tanto que decir que me falta papel... Se me ocurren posts cuando estoy de risas con las amigas, cuando paseo por la playa o de camino al trabajo...pero si en ese momento no me hago una chuleta, cuando por la noche me siento delante del ordenador, ya no me acuerdo de nada. Se me queda el cerebro completamente vacío de ideas. 
Hoy es uno de esos días. Agotada, agobiada por el calor y después de un lunes muuuuuy largo, por fin me siento a escribir con ganas de compartirlo con vosotr@s, literaut@s. Pero como tengo mi libro tremendamente solo y abandonado voy a dedicarle un ratejo, que él también me necesita. Para compensaros, quiero compartir con vosotras un fragmento de un relato con el que participé en un concurso literario el año pasado. Espero que os guste, y, si es así, otro día publicaré la continuación. buenas noches literaut@as...y disfrutad de la lectura...

LÍNEA 1
 Sandra está sentada sobre la cama, inmóvil, los brazos caen sin vida a lo largo de su cuerpo, y la opresión que siente en el pecho cada vez es mayor. El corazón se le dispara y nota como le falta el aire. Consciente de las sensaciones que la invaden, empieza a pensar que va a entrar en estado de shock, aunque si está pensando en ello, supone que todavía tiene un mínimo control de la situación. No va a tener otro ataque de ansiedad. No lo va a tener porque todavía puede controlarlo. Sólo tiene que respirar honda y profundamente y su cuerpo irá volviendo a la normalidad, sus pulsaciones se ralentizarán y todo arreglado. Puede lograrlo y lo hace. Si todo se resolviera igual de rápido… Ahora está más calmada. Sólo tiene que pensar fríamente qué decisión tomar y actuar en consecuencia. Sandra tenía un plan marcado para su vida, un trabajo con posibilidades de promoción y mucha ambición, una maravillosa y activa vida social y todo el tiempo del mundo para lograr sus objetivos. Ochenta y seis mil cuatrocientos segundos al día de los que disponía a su antojo, sin rendir cuentas a nadie de como los administraba. Pero ahora alguien le ha dado a la tecla de pausa y se ha congelado la imagen. ¿Qué debe hacer? ¿Da carpetazo a todos sus planes? ¿Pospone su vida para más tarde? Porque esto lo cambia todo, lo paraliza todo. Se acabaron las salidas nocturnas, las fiestas, el no tener horarios establecidos y el ascender en el trabajo. La balanza se inclina ligeramente hacia el no, repleta de contras. Pero cuando lo piensa bien, los brazos de Sandra, antes inertes, cubren inconscientemente su vientre. Y ahí está. Es la primera vez que protegerá a su hijo. Esta vez lo protege de sus propios pensamientos, pero sabe con certeza, que será la primera de muchas. La balanza cambia de dirección casi sin quererlo. Sus sentimientos están llenos hasta rebosar de pros, y los contras… ya verá cómo se deshace de los contras. Se levanta con decisión, saliendo de su letargo, y tira la prueba de embarazo a la papelera, convencida de lo que tiene que hacer. Mañana llamará al trabajo para decir que está enferma, e irá al Hospital Virgen del Consuelo a hacerle una visita a su ginecóloga, para ver por primera vez a su hijo y escuchar los latidos de su corazón. Apaga la luz y se acuesta con el mismo miedo que hace un rato, pero más feliz. Cierra los ojos dispuesta a intentar dormir.
 A lo lejos, amortiguada por los altos edificios, se escucha una sirena de policía. Acuden a la rutinaria llamada de uno de tantos vecinos preocupado por los gritos y golpes que resuenan en su escalera. La pareja de oficiales entra con desgana en el viejo edificio que ya se conocen demasiado bien. Han desgastado con sus botas los ajados escalones unas cuantas veces en los últimos meses, y saben que igual que suben hasta el tercero van a bajar con las esposas vacías y los bolsillos llenos de impotencia. Como siempre, comprobarán que los daños no son muchos ni muy graves. Añadirán a su lista un accidente casero más, y volverán a desandar el camino para seguir con el turno de noche. Y se irán con el convencimiento de que podían hacer más, y mucho remordimiento por no hacerlo. Hoy no parece una noche diferente de las otras, pero hay un ligero cambio, un matiz que no pasa inadvertido a los oficiales de policía. Por primera vez les ha mirado a los ojos. A sus ojos se asoma una súplica desesperada mezclada con toneladas de miedo. La mujer policía le desliza entre los dedos una tarjeta. Tiene el pálpito de que hoy la usará. Hoy está segura de que Liliana Rodríguez, mujer, 36 años, nacionalidad ecuatoriana y posiblemente con una fisura en una costilla, cogerá la tarjeta mientras el monstruo de su marido ronca a su lado, la leerá y la usará. Y mañana, cuando termine de limpiar en las oficinas de la Gran Vía Ramón y Cajal, cogerá el metro en Plaza España para volver a casa y quizás, sólo quizás, si reúne fuerzas, se desviará de su camino para acudir a la comisaría del distrito, escapando por fin del bucle de violencia, celos y control superlativo en el que se ha convertido su vida. Si mañana tiene la fuerza suficiente…, si no se arrepiente en el último minuto,…mañana la agente López sentirá que, por una vez, podrá por fin ayudarla. 
 Es noche cerrada y duerme la ciudad. Hay miles de ojos cerrados, tantos como ventanas apagadas. En el edificio de ladrillo rojo, en el tercero derecha, una luz parpadea como los ojos de su insomne dueña, y se enciende, no sin esfuerzo, como si supiera que no son horas. La dueña de la luz parpadeante decide ponerse a releer su libro favorito para tranquilizar los nervios causantes de sus desvelos. Se pierde entre las líneas como la protagonista de su querido libro lo hace por sinuosas calles, y piensa, sin poder contener sus esperanzas, que ahora sí, que puede que esta vez consiga ser ella la que viaje por esas ciudades sólo conocidas a través de los libros…, que puede que esta vez sí pueda empezar a vislumbrar sueños cumplidos. La llamada ayer por la mañana ha hecho que todo lo negro se empiece a teñir de color, que toda la suciedad empiece a limpiarse como cuando llueve se limpian las hojas de los árboles, poco a poco, al mismo ritmo que crece su esperanza. Si durante meses y meses su esperanza era que sonara el teléfono, ahora esa misma esperanza crece rápidamente. Ahora espera tener más. Espera una buena entrevista, un buen trabajo, un buen sueldo, vacaciones…espera que su suerte cambie…sólo con una llamada de teléfono ha cambiado ya mucho. Ha cambiado su sueño inquieto. Si antes sus desvelos estaban cargados de miedo, frustración e impotencia, ahora es la emoción la que provoca su insomnio. La emoción de saber que puede conseguirlo, que mañana bordará la entrevista porque sabe que, aunque no tenga mucha experiencia, sabrá desempeñar el trabajo con los ojos cerrados. La misma emoción que siente cuando piensa que podrá pagar la luz, el agua, la hipoteca… Lo voy a conseguir, lo voy a conseguir… se repite en la cabeza, como un mantra. Cierra el libro y para dormir, en vez de contar ovejas, se dedica a contar futuros sueños por cumplir. Por la mañana, sacará su mejor traje del armario, se convertirá en Sonia Fernández, abogada, y está segura de que cambiará, por fin, el rumbo de su caótica e insolvente vida. (...)
CONTINUARA... 

viernes, 20 de febrero de 2015

LAS MIL Y UNA...CACAS.

¡¡¡Hola literaut@s!!! Hoy, día que me convierto oficialmente en mujer de 37, (¡ay que mayor!...pero chisssst, ¡qué bien me conservo!), me han traído este cartelito tan monísimo i me ha hecho gracia, fíjate tú. Él cartel no sé si será eficaz, pero es un eufemismo puro todo él. Es como cuando estás de ocho meses y te dice una amiga de tu madre "¡que guapa y embarazadísima estás!" Y sí, tu piensas "señoraaa, que parezco un tonel, no tengo tobillos y tengo los labios de Carmen de Mairena..., pero ¿qué me está contando...?" Igual en el cartel sería más efectivo decir claramente: "Señores dueños de mascotas perrunas...recojan los excrementos de sus amiguitos caninos o, por ordenanza municipal, serán multados con sanciones económicas de órdago" Aunque a mí me sale más ser un pelín más clara y gritar:  "¡Recoge la mierda de perro... COCHINOO, MARRANO, CABEZA DE NANO! Que no se bien lo que quiere decir, pero era efectivo con siete años si lo decías cantando. Así que ¿por qué no va a serlo ahora? Pero claro queda más bonito animar a que el populacho saque su civismo de lo más adentro de su alma y diga: "voy a recoger la caca, aunque este blanda y me pringue, porque adoro mi ciudad y quiero que este limpita". Y una MIERDAAAA,  nunca mejor dicho. A ellos los pringaba yo, con la caca y con un multón, porque si no nos tocan el bolsillo..., no nos damos por aludidos.
Pero bueno, esto me ha recordado un fragmento de un relato que escribí hace un año para el libro 15 relats breus d'autors locals, y como he hecho propósito de incluir en este blog escritos propios pues ahí va uno para que sirva de precedente :

"El viernes por la tarde, salí de casa rápidamente y con el tiempo justo de hacerme un café granizado con horchata en la Jijonenca antes de ir a la oficina, que la talla cuarenta y dos cuesta también mantenerla. Bueno, a decir verdad, yo quise ir rápidamente, cosa difícil cuando se interpone en mi veloz camino mi ascensor. Es que parece que se lo está pensando cuando va de piso en piso, como si no quisiese abrir las puertas a nuestras cavilaciones, nuestro cabreo si no hay cobertura o nuestra interesante conversación sobre el frío que no llega o el que ha llegado sin avisar, con el vecino del quinto que está cañón.
Después de lograr bajar los cuatro pisos y atravesar el portal, salgo a la calle con decisión y piso una mierda de las de campeonato. Pero bueno, pienso, ¿qué tiene la calle San Fernando que atrae a tanto chucho o mejor dicho a tanto dueño? En realidad, la plaga de cacas afecta a muchas calles de Almazora, bien pensado, debería hacer un escrito a nuestro alcalde Casanova por si no se ha percatado del asunto, y es que un día, mi hijo y yo contamos de camino al colegio, cuarenta y dos cacas, que se dice pronto pero contarlas se las trae. Pues esa tarde de viernes de noviembre, una de las cuarenta y dos la tuvo que pisar mi pie. Mi cerebro no transmitió con la suficiente rapidez la orden a mi pie para que la esquivara a tiempo y… chof…ya no tuvo remedio. Últimamente, los reflejos y la memoria comienzan a fallarme; no sé si serán los años que pesan o la falta de sueño, con tantas noches en vela leyendo cincuenta sombras o poniendo en práctica alguna sombra que otra.
No soy nada supersticiosa, pero algo me dijo que pisar una caca con tanta vehemencia no podía ser muy buen presagio. Deseché la mala e inoportuna idea de mi cabeza porqué aquel debía ser un viernes perfecto; aquel era uno de esos pocos y exclusivos viernes que te coges vacaciones, y dejando la cena preparada para hacerle la pelota a tu maridito, quedas con tus amigas del alma para cenar. Bueno, para cenar y para fumarnos todo lo que se puede fumar y darle a la sin hueso sin descanso. Una de esas veladas en la que lo menos importante es lo que cenas, y lo más con quien cenas y cuantos ceniceros llenas."

Bueno literaut@s, gracias por leerme, y ¡buen finde a tod@s!